Taxi, VTC y Ley del taxi en Catalunya no es una guerra de gremios, es una decisión de país

Taxi Barcelona
Taxi Barcelona

En Catalunya estamos a las puertas de una de las decisiones más importantes de los últimos años sobre cómo queremos movernos, vivir y trabajar en nuestras ciudades.

La llamada “Ley del Taxi” no es solo un capítulo más en la eterna pelea entre taxis y VTC, porque es, en realidad, una ley sobre el modelo de ciudad y sobre quién asume y quién no las obligaciones de servicio público que garantizan la movilidad de todos en ejercicio de la libre circulación de los ciudadanos consagrado en nuestra Constitución.

Como abogado que lleva décadas en mercados regulados, me preocupa ver cómo se simplifica este debate en eslóganes: “ley anti‑Uber”, “guerra al futuro”, “monopolio del taxi”, y detrás de esos titulares hay mucho ruido… y demasiados intereses económicos ajenos al debate jurídico.

El taxi no es solo un negocio, es red de seguridad de movilidad y la libre circulación de los ciudadanos.

Conviene recordar algo que el propio legislador ha dejado negro sobre blanco, y es que el taxi está definido como servicio de transporte público y de interés público, con tarifas oficiales, planificación pública del número de licencias, régimen disciplinario estricto y obligaciones de servicio que van mucho más allá de lo que un operador privado asumiría por voluntad propia.

Traducido a la vida real el taxi es quien está cuando no es rentable estar de noche, en festivos, en barrios periféricos, en situaciones de emergencia te garantiza el ejercicio de la libre circulación con una movilidad sostenible sujeta a obligaciones de servicio público.

El taxi es quien no puede decir “no me compensa ese servicio” sin afrontar una sanción.

El taxi es quien trabaja con un techo tarifario que limita su margen incluso cuando la demanda se dispara.

Ese papel de “red de seguridad de movilidad sostenible urbana” no lo cumplen las VTC, porque ni pueden, ni quieren, ya que su modelo de negocio está pensado para concentrarse en los segmentos más rentables (centros urbanos, zonas de renta alta, picos horarios y grandes eventos).

Las VTC que por naturaleza de la relación jurídica sinalagmática es una movilidad privada que se apoya en una red pública que no pagan, ni contribuyen en un fondo de compensación que en un equilibrio en el mercado compensara la carga financiera injusta que soporta el taxi en la prestación de los servicios públicos con obligaciones de servicio publico que garantice los costes eficientes y un beneficio razonable para la viabilidad económica que debe garantizar la administración otorgante de las licencias y no debería soportar por el falseamiento de la competencia que causan las VTC.

No demonizo a las VTC, ya que son un servicio útil para muchos usuarios y han introducido innovación tecnológica y presión competitiva, pero también es cierto que operan en una posición regulatoriamente privilegiada que falsea la competencia por no contribuir a la carga financiera injusta de los prestadores del servicio con obligaciones de servicio público a las que son ajenas, ya que no tienen un deber general de cobertura ni de continuidad.

Fijan precios dinámicos, con plena libertad tarifaria.

No se les exige garantizar la movilidad en los tramos y territorios menos atractivos.

En la práctica, esto genera una arbitrariedad regulatoria, así las VTC “seleccionan cerezas” en la parte más dulce del mercado, mientras el taxi sostiene el andamiaje de servicio público. El coste de mantener esa red licencias, obligaciones, turnos, exigencias técnicas, tarifas se socializa en el taxi, pero el beneficio de operar solo donde hay negocio lo capturan las plataformas.

Cuando se discute de “competencia” sin tener esto en cuenta, el análisis está trucado de origen.

La nueva Ley del Taxi de Catalunya se presenta en algunos medios como un “plan para expulsar a las VTC”, es una narrativa cómoda, pero falsamente interesada en perjuicio de la libre circulación de los ciudadanos e incompleta.

Si uno se lee el texto y el debate parlamentario, lo que encuentra es otra cosa, una ley integral que ordena taxis, VTC, vehículos de alta disposición, limusinas y plataformas en un mismo marco.

La priorización del taxi como servicio económico de interés general, pieza estructural que complementa el transporte público masivo.

Una reducción escalonada y muy intensa de las VTC urbanas, sí, pero acompañada de instrumentos de transición: no renovación automática de licencias, conversión en licencias temporales de taxi, nuevas figuras muy limitadas de alta disposición.

La incorporación de criterios de movilidad sostenible y gestión del espacio público plenamente alineados con el Real Decreto‑ley 5/2023 y con la jurisprudencia del TJUE, con menos flota privada de uso exclusivo, más vehículos ECO y Cero, más control público.

Dicho de forma sencilla con menos coches dando vueltas en vacío y más servicio público organizado, con una salida ordenada para muchos conductores de VTC que pueden convertirse en taxistas, con mejores condiciones laborales.

La trampa de algunos “informes independientes”, conocidos en los últimos días y que hemos visto circular, en concreto me refiero a un informe de la Universidad de Barcelona encargado por UNAUTO‑VTC que concluye que la ley sería contraria al Derecho europeo, y esta presentarlo como si fuera un “oráculo académico neutral” es, siendo suaves, poco honesto. Es un informe de parte, legítimo como pieza de estrategia procesal, pero de parte no es objetivo.

Ese y otros dictámenes comparten un patrón, y es que tratan las diferencias entre taxi y VTC como “ficticias” o “artificiosas”.

Reducen movilidad sostenible y gestión del espacio público a meras excusas “gremiales”.

Y aplican un test de proporcionalidad en el que casi todo el peso recae en la libertad de establecimiento de las VTC… y muy poco en el derecho efectivo a la movilidad de la ciudadanía o en los límites ambientales y de congestión que el propio Derecho de la UE reconoce como razones imperiosas de interés general.

La pregunta es sencilla y es ¿quién asume la responsabilidad de la movilidad cuando el algoritmo decide que ese trayecto, a esa hora y en ese barrio, no sale rentable?

El informe no responde. La ley, sí: ahí sigue el taxi.

Es tentador convertir este debate en un choque identitario: taxi vs. VTC, viejos vs. nuevos, analógicos vs. digitales, y es una tentación muy útil para quienes prefieren que no hablemos de lo importante: qué modelo de ciudad queremos y quién se hace cargo de los costes colectivos.

La Ley del Taxi puede y debe mejorarse en su tramitación: siempre hay margen para afinar proporcionalidad, criterios ambientales, régimen transitorio, pero partir de la premisa de que “cualquier restricción a las VTC es mala por definición” es olvidar que la movilidad no es un lujo ni un capricho tecnológico; es un servicio esencial.

En un contexto de emergencia climática, desigualdad territorial y saturación del espacio público, renunciar a ordenar esta parte del mercado en nombre de la “libre app” es, sencillamente, irresponsable.

No escribo esto contra nadie, ni siquiera contra las VTC. Lo escribo a favor de algo que debería unirnos, y es un ecosistema de movilidad donde la innovación tecnológica no destruya los equilibrios básicos del servicio público, ni convierta la ciudad en un tablero al servicio de unos pocos modelos de negocio.

El Parlament tiene delante una oportunidad rara con una ley con un apoyo político amplísimo que puede cerrar una década de guerra permanente y devolver estabilidad, seguridad jurídica y dignidad a un sector que lleva años siendo campo de batalla.

Ojalá el debate se centre en esto, y no en los eslóganes dictados por los gabinetes de comunicación de turno, porque, al final, de lo que hablamos no es de taxis ni de VTC; hablamos de cómo queremos que se muevan nuestras hijas, nuestros mayores y nuestros barrios dentro de diez o quince años.

Ahí es donde esta Ley del Taxi, con sus luces y sus sombras, se juega de verdad su sentido.