Basta del mantra del “monopolio”: la regulación del taxi no es el problema
Hay palabras que, de tanto repetirse, acaban sustituyendo al pensamiento propio. “Monopolio” es una de ellas. Se invoca cada vez que se quiere desacreditar al taxi, como si bastara pronunciarla para zanjar cualquier discusión sobre movilidad urbana. Suena rotunda, cargada de indignación, casi moralmente superior. Pero cuando se examina con calma, muestra más simplificación que argumento.
El taxi no es una rareza protegida por nostalgia ludita. Es un servicio sometido a reglas estrictas por una razón elemental que suele omitirse: el transporte urbano no es un mercado cualquiera, ya que su actividad se desarrolla en el corazón de la ciudad. La congestión del tráfico, la contaminación, la seguridad vial, la accesibilidad, la cobertura y la protección del usuario no son detalles prescindibles. Son precisamente los factores que justifican la intervención pública. Pretender que todo ello dependa exclusivamente de la dinámica del libre mercado equivale a ignorar cómo funcionan realmente los entornos urbanos.
Frente a esa inestabilidad, la regulación introduce algo tan poco valorado como esencial: previsibilidad. Precios comprensibles, estándares homogéneos y obligaciones de servicio. No es un corsé ideológico, sino un mecanismo de equilibrio. En momentos de alta demanda o necesidad urgente, el usuario no necesita precios dinámicos, sino certezas.
También se presenta al taxi como un actor privilegiado frente a plataformas tecnológicas a las que se ha adjudicado el papel de la competencia moderna. Sin embargo, la asimetría real rara vez se menciona. Mientras el taxi opera bajo un marco normativo minucioso, las plataformas concentran un poder creciente para ganar visibilidad y fijar condiciones y comisiones mediante algoritmos opacos. Lo que se describe como liberalización puede terminar derivando en una nueva forma de dependencia, esta vez privada y centralizada.
Pensar que la movilidad urbana en Madrid está al margen de anteriores errores garrafales como el desastre de la liberalización del sistema de ferrocarril británico, es tener fe ciega en que esta vez, mágicamente, será distinto.
Conviene recordar que defender la regulación no implica defender el inmovilismo. El taxi ha incorporado digitalización mediante aplicaciones de reserva, pagos electrónicos, geolocalización inmediata así como mejoras ambientales antes incluso de la incursión por las bravas de las plataformas tecnológicas en el mercado de la movilidad Madrileña. Modernizar no exige desmantelar el marco regulatorio, sino adaptarlo con inteligencia. No se trata de elegir entre regulación o progreso, sino entre regulación eficaz o el desorden disfrazado de innovación.
En definitiva, el debate de fondo no debería girar en torno a etiquetas simplificadoras, sino a una cuestión más profunda: ¿qué modelo de movilidad urbana necesitamos? ¿Uno gobernado únicamente por la rentabilidad o uno donde el interés público mantenga un papel estructural? ¿Uno basado en la volatilidad permanente o uno que preserve estabilidad, accesibilidad y garantías para el ciudadano?
Llamar “monopolio” al taxi puede funcionar como consigna partidista, pero entender por qué existe la regulación exige un esfuerzo más profundo: pensar en la ciudad como algo más que un mercado.
Marcos Rodríguez Guerrero
Vicepresidente
Federación Profesional del Taxi de Madrid

