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TAXOMETRO

Fecha de publicación: 09/05/2017 12:04:10

Retrato de un hombre de negro…


Retrato de un hombre de negro… o cómo esclavizarse en el intento de romper tus propias cadenas

 

 

José Gabriel Rescalvo Casas, taxista 
 
 

Estoy convencido de la existencia de diferentes perfiles humanos en el entorno laboral de los que se dedican a ser chóferes en las llamadas aplicaciones disruptivas- léase UBER o CABIFY-, estandartes de la mal llamada "economía colaborativa" en el ámbito del transporte urbano; pero me voy a ceñir a un perfil más concreto y que fácilmente reconoceremos los que nos dedicamos a esta bendita profesión: la de ser y parecer taxista. Para ello he creado un personaje, al que llamaremos Manolo, un hombre abnegado pero bastante ignorante que no mide bien las consecuencias de entrar a formar parte de una de las citadas multinacionales, que por cierto, tienen su sede social fuera de España. ¡Con lo español que es Manolo! Un buen día decide vender su licencia de taxi y pasarse al "enemigo", con la intención quizás de ensanchar sus horizontes.

 

 

 

Le tiene aprecio a la profesión que ha ejercido durante largos años, y en la que hizo tantos amigos, pero circunstancias de la vida le inclinan a pensar que ha elegido el camino correcto. Los primeros días, a bordo de su flamante Hyundai negro, son todo un descubrimiento para él: ¡qué diferencia!, ¡hasta los clientes tienen más categoría! El traje que compró deprisa y corriendo en el C&A le queda como un guante, ¡y tan solo por 39 euros de nada! Qué decir de la prestancia para abrir la puerta a los clientes y obsequiarles con la mejor de las sonrisas, y ya dentro, ofrecerles una botellita de agua. ¡Eso es ofrecer un buen servicio, sí señor! 

 

 

 

Según pasan los meses, comienza a darse cuenta de que tal vez se equivocó. Los taxistas le hacen a diario la vida imposible con miradas retadoras, frenazos bruscos y pitadas, y ya ha tenido la desagradable experiencia de ser sancionado por la policía en dos ocasiones (en una de ellas encontrándose el cliente dentro, ¡menudo escándalo le montó la señora una vez se fueron los agentes!) Los ingresos no son los esperados, ni mucho menos, y está harto de llevar traje y corbata. Al final se ha percatado de que los clientes son iguales o parecidos a los que llevaba en su taxi sin la necesidad de ir disfrazado y de aparentar amabilidad (muchos ni siquiera lo agradecen, porque estúpidos los hay en todas partes).

 

 

Es 16 de marzo, Manolo observa, circulando por la calle Génova en dirección a la Plaza de Colón, un tumulto impresionante:

 

 

-¿Qué ocurre, oiga?- Le espeta el cliente con tono un tanto brusco.

 

 

-Una manifestación, y de las gordas- Responde Manolo, cariacontecido.

 

 

-Claro, si al final es mejor coger un taxi, porque ustedes no pueden utilizar el carril bus - declara cabreado, y no sin cierta sorna, el hostil pasajero. 

 

 

-Hago lo que puedo, caballero ...

 

 

Ve a lo lejos cómo un grupo de personas le señalan y comienzan a gritarle improperios en plan amenazante. Manolo se da cuenta de que se trata de una manifestación de taxistas, sus antiguos compañeros. Ante la situación intenta hacer un giro indebido para poder huir. El cliente le grita diciéndole que quiere bajarse inmediatamente del coche, ante lo cual, Manolo pierde los nervios y le manda "a paseo":

 

 

-¡Se va a enterar usted de la denuncia que le voy a poner, mamarracho!- vocifera el cliente, dando seguidamente un portazo que hace que tiemblen las lunas del vehículo.

 

 

Manolo no contesta siquiera, bastante tiene ya con intentar salir de allí ante la avalancha de taxistas enardecidos que se le viene encima. De repente se escucha una voz atronadora, que le resulta familiar:

 

 

-¡Dejadle marchar, es Manolo!- reclama quien vocifera, interponiéndose entre el coche y el grupo de taxistas que reconocen, al ir aproximándose, a un antiguo amigo y compañero.

 

 

Únicamente hay un cruce de miradas- tristes y decepcionadas-; la de Manolo y la de aquellos que un día comentaban con él, en las paradas de taxi, los lances de la jornada y de la vida.

 

 

 

Dio media vuelta y miró por el retrovisor, en el que se reflejaban aquellos hombres y mujeres. Sintió pena y melancolía, y también cómo las cadenas de sus muñecas le apretaban con más fuerza que nunca ...

Es menester aclarar que cualquier similitud con la realidad, es fruto de su imaginación, y por tanto, pura coincidencia …

 



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