Flamenco, vanguardia y cultura popular 1865-1936
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Abierta
Del 21-12-2007 al 24-03-2008
Horario
Lunes a sábado de 10:00 a 18:00 h
Domingos y festivos de 10:00 a 16:00
La España Negra de 1900. La exposición se abre con un retrato de la bailarina Carmencita, que actuó en Nueva York a finales del siglo XIX. Retratada por William Merrit Chase, fue también la primera mujer filmada en la historia del cinematógrafo por Thomas Alva Edison. Antes que Chase, Édouard Manet había introducido en su pintura no sólo los asuntos españoles, sino también, y gracias a ellos, un nuevo modo de pintar que sigue a Velázquez y preludia el impresionismo. Los Bécquer fueron los primeros que recogieron el asunto del baile español interesándose por el realismo de la representación antropológica, pero también por su carácter popular, que lo convierte en un medio idóneo para la crítica social y política. El autorretrato de Gustavo Adolfo Bécquer fumando, y entreviendo mujeres en el humo de su cigarro, da idea de cómo el baile abre las puertas a un mundo de ensoñación y ocio, “otro mundo”. Las caricaturas de SEM (seudónimo de un grupo en el que se incluyen los hermanos Bécquer) muestran sin embargo cómo desde ese mundo “otro” se puede hablar de la realidad.
Los años diez. Cubismo y Ballets rusos. Coincidiendo con la difusión del cubismo y con la llegada a la península ibérica de artistas que huyen de la guerra, como Gleizes, Picabia, o los Delaunay, el baile español aparece como modelo de ritmo abstracto y decorativo. Numerosos artistas utilizan la imagen de la bailarina para descomponer la figura, transitando de la figuración a la estilización o abstracción: entre ellos Picasso, Severini, Lipchitz. Igualmente la guitarra, un elemento en numerosas composiciones al que no es ajeno su identificación con el cuerpo femenino. Los temas castizos se convierten en un género de éxito, entre la visión turística y publicitaria, el estudio folclórico y la reflexión sobre la identidad. Son además años de fiestas y excesos, y el motivo flamenco aparece en muchos de ellos. El disfraz y el travestismo adoptan a menudo carácter español.
También llegan a España durante la Primera Guerra Mundial los Ballets rusos, y con ellos Picasso y Goncharova como decoradores. Algunos bailarines se identificarán con ellos, entendiendo que tanto el baile ruso como el español se hallan en un lugar intermedio entre lo popular y lo clásico, entre Oriente y Occidente. La puesta en escena de los Ballets rusos animará a algunos españoles que trabajan en París, como La Argentina o Vicente Escudero, a crear compañías y a elaborar, en colaboración con artistas como Néstor o Sáenz de Tejada, y músicos como Falla o Albéniz, grandes espectáculos pensados ya para los grandes teatros internacionales, no sólo para el teatro local o el café cantante.
La República. La España eterna y la españolada. Las figuras claves de esta sección son Picabia, Miró y Man Ray, a partir de ellos aparece un cierto radicalismo que coincide con el afianzamiento de los estereotipos en las artes de vanguardia y el flamenco. El flamenco es plenamente consciente de su identidad y se desgarra entre el purismo estético y los tópicos comerciales. La generación del 27 explora las virtudes lúdicas modernas de la verbena, pero también estudia con mirada crítica la España eterna. Ambas aparecen en las imágenes de Dalí, Lorca, o Giménez Caballero. La óptica cinematográfica y el tópico popular defendido por la publicidad se adentran en la pintura: las imágenes de Romero de Torres o de Martín Durban dan fe de ello. El cine español, preocupado por regalar a sus públicos con asuntos de tema local, recoge lo “español” superficialmente –toros, mantillas, gracia andaluza y mujeres deshonradas- y lo relaciona, además, con la vida suburbana o rural, contraponiendo un mundo de señoritos y miserables. La figura de la bailaora Carmen Amaya, con sus pantalones y su zapateado furioso, resume esa imagen, paradójicamente nueva, de la España eterna, dramática y batalladora.